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  Lorenzo Morales
Cantante
Compositor
Acordeonero


 
  Fuentes: Tomado del Suplemento Dominical de El Tiempo, 2 de mayo de 2004

Enviada por: elperromickey
 
 
 
    Lorenzo Morales / Biografia  
 

Lorenzo Miguel Morales, hijo de Epimenio Herrera y Juana Morales, más conocido como Moralito, nació la mañana veranera del 19 de junio de 1914 a dos leguas de Valledupar, en Guacoche, antiguo palenque de cimarrones, tierra de alfareros del barro carmesí inigualables en el arte de hacer tinajas. Allí, entre cardonales, transcurrió su niñez escuchando décimas compuestas por su tío Félix Morales y persiguiendo turpiales guacocheros, famosos por su peculiar habilidad para memorizar y silbar las melodías más enrevesadas.

A los 12 años aprendió a tocar el acordeón y a los 17 ya era conocida su nota alegre y melodiosa influida por la escuela de Chico Bolaños, el más talentoso y conspicuo juglar vallenato del siglo XX. Su consagración como acordeonero de respeto la obtuvo cuando en parranda memorable, en la plaza Alfonso López de Valledupar, demostró que tenía requisitos suficientes como para tocar de tú a tú y aventajar a Abel Antonio Villa, a la sazón un acordeonero curtido en muchas correrías por trochas y recodos del Magdalena Grande.

En los años cuarenta, la provincia de Valledupar vivía todavía en el sopor de su larga siesta colonial. El analfabetismo, el carate, el paludismo, la pobreza generalizada y el atraso técnico caracterizaban el diario devenir de la comarca. Sin embargo, esto no impedía que fuera un pueblo culto; el arte narrativo popular estaba muy desarrollado, había decimeros, repentistas, improvisadores, cuenteros y, por supuesto, compositores con una gran creatividad y un buen manejo del castellano.

La música de acordeón era verdaderamente anónima y se propapaba por todas partes siguiendo los senderos de la tradición oral; a las canciones no había necesidad de ponerles nombre, de esa tarea se encargaban los parranderos una vez estas se habían vuelto célebres en las cumbiambas y solitas. Los músicos se pedían prestadas las melodías y hasta los versos, a nadie le molestaba que otro tomara sus creaciones; por el contrario, era un honor y una muestra de reconocimiento; no habían llegado aún los tiempos de las grabaciones, las regalías y las trifulcas por la autoria de las canciones más famosas.

Como todos los músicos de su época, Morales desde muy temprano entendió que el acordeón no era una herramienta de trabajo sino de placer, de diversión. Útil para poner pereque a los amigos y enamorar muchachas, andar de boca en boca entre las gentes humildes y amainar la nostalgia de los estudiantes de provincia del Liceo Celedón en Santa Marta. Ser acordeonero era un arte de pobres para pobres, mal visto en los salones de la entonces reticente sociedad valduparense y, sobre todo, mal remunerado. Por ello, más por instinto que por vocación, aprendió el oficio de armar y techar casas de bahareque: " Más bien de empalmar, ya que no eran épocas de zinc ni de tejas de eternit': Lorenzo fue también un hábil carpintero hacedor de escaparates, mesas y taburetes: "De todo eso entendía yo un poco".

Con el tiempo, por razones de trabajo algunas veces, otras por excusas del corazón o por motivos de cumbiambas de fiestas patronales, se convirtió en un hombre andariego. En ocasiones estaba en el Valle o en La Paz, después lo veían pasar por Patillal, algunos aseguraban haberlo oído tocar en Corral de Piedra o en Caracolí, mientras que otros lo vieron resembrando guineo en Sevilla y en Guacamayal. Fue exactamente lo que le dijeron al joven Rafael Escalona cuando salió a buscarlo con ganas de parrandear y presa del mal de rabia por no encontrarlo le compuso un paseo cuyo estribillo dice:

"Porque Moralito es una fiebre mala,
que está en todas partes y en ninguna para.
Porque Moralito es hombre andariego,
que cambia de nido ni el cucarachero. Porque Moralito
es una enfermedá,
que llega a toas partes y en ninguna está. "

(Del pasen `Buscando a Morales')

Lorenzo fue un músico popular, no solo en el sentido de contar con una amplia y merecida fama en toda la región, sino porque el pueblo lo vio y trató como algo muy suyo, de sus entrañas, de su patrimonio como grupo social. Es famosa la anécdota acaecida en los años cuarenta cuando se enfrentaron dos `barras' de trabajadores: la una seguidora de Efraín Hernández, notable acordeonero de Atánquez, y la otra de Moralito, en sana competencia de sol, machete y sudor, para limpiar la pista del aeropuerto de Valledupar y ver cuál de las dos cuadrillas terminaba primero el contrato de rocería y se iba directo a la tienda de Vacoluque' a comprar el único acordeón que en `El Valle' estaba para la venta. Ganó la liderada por Pablo Galindo y Enemirlo Montero, seguidores de Morales y, ese 19 de julio de 1946 le regalaron el acordeón que, por su color blanco, bautizaron con el nombre de . `Blanca Noguera', por ser Doña Blanca de Araújo la mujer con la piel más clara en la tierra de Ch puco, en ese entonces.

Famosas fueron sus piquerias con Juan Muñoz y con Emiliano Zuleta Baquero; sobre esta última, es pertinente que se resalte para la historia, por respeto a la verdad y a la figura de Lorenzo Morales, su relevante actuación en el más famoso duelo de acordeones de que se tenga memoria en las tierras de Macondo.

Sin olvidar que las pasiones en torno a esos grandes trovadores, amigos y compadres del alma, fue cuestión más de sus seguidores que de ellos mismos, lo cierto es que Moralito atacó y se defendió como un tigre, dejando en esa con tienda de versos y notas numero sas canciones de gran factura musical. Las personas que tuvieron la fortuna de escucharlos coinciden en que Morales fue mejor en el acordeón y Emiliano en los versos. Sobre lo primero Lorenzo no admite dudas:

Le mandé a decía Emiliano Zuleta que para los carnavales me espere. (bis)
El quiere tocar conmigo la tecla y así como yo le digo él no puede':
En mi nota no hay quien mande conmigo no hay quien se meta.
Rutina tiene Morales para Emiliano Zuleta"
(Del paseo `La carta escrita')

`Hablo claro delante de la gente para que escuchen
con buena atención que si Emiliano me lleva en la nota
yo le regalo mi acordeón"


(Del merengue `Buscando a Emiliano')

Valoremos ahora algunos de sus versos en las distintas facetas de la piqueria. Apenas tiene oportunidad ataca con gracia y picar día:

"Emilianito se ha mudado pa' la Sierra
porque allá en la Sierra
y que economiza los gastos,
pero me dicen que allá Mile lo que come
para alimentarse es chucho, marimonda y maco "

(Del paseo "Chucho, marimonda y maco. ")

Cuando intentan discriminarlo por el color de su piel, se defiende:
"Yo conozco el pique
que me tiene Emilianito siempre le he dicho
que no se meta conmigo.
Me anda criticando
que yo soy negro yumeca,
pero él no se fija que es blanco descolorido.
Yo no sé lo que le pasa a Emiliano.

Yo no sé lo que le pasa a Zuleta.
Y es blanco descolorido,
no puede con la maleta':

(Delpaseo "Rumores')

Si lo acusan de tenerle miedo a Emiliano y de no visitar sus predios, advierte:

"Soy motor sin gasolina
que camino sin candela
pero con esta rutina
tengo pa'subí a la Sierra":


(Del merengue "En busca de Emiliano')

Y, al final, termina preguntando socarronamente:
"Oye Emilianito,
como yo le he dicho
tan buena persona
pero así es la vida.
¿ Pa' qué echas mentira?
pa' que te las cojan': .

(Delpaseo "Chucho, marimonda y maco')


Morales fue un músico virtuoso de singular habilidad para ejecutar el acordeón y, sin lugar a dudas, un gran compositor. Cantor de la primavera, hijo del sudor y el barro, del cardón y la arcilla, lo acompaña una sencillez y humildad proverbiales a pesar de ser el inspirador de una escuela musical que tuvo como discípulo más destacado al insuperable `Colacho' Mendoza, recientemente fallecido, e impregnar las notas de los mejores acordeoneros contemporáneos, muchas veces sin que ellos mismos se percaten del origen de la savia que los nutre.

No obstante, me parece advertir cierta ausencia de equidad en la valoración de su significativo aporte al folclor. Reducen la importancia de su nombre a la piqueria sostenida con Emiliano, en donde con frecuencia suelen presentarlo como perdedor. Ignoran que Morales tiene un gran repertorio de composiciones en los cuatro ritmos del vallenato, ajenas al enfrentamiento con Zuleta, que por sí solas le permiten brillar con luz propia y le aseguran un sitio de honor en el Olimpo vallenato. Merengues como Carmen Bracho, El secreto; paseos como la Primavera florecida, El errante, La mala situación, Sevilla, La nena Rondón; sones como Amparito y puyas como El Torito, o Ya me están haciendo bulla, son piezas de antología que no pueden estar ausentes en las auténticas parrandas vallenatas.

En 1957, con solo 43 años de vida, y ya ganada la fama que trascenderá a su muerte, Moralito desaparece del mundo de las cumbiambas, colitas y parrandas. Nadie sabe para dónde cogió. Qué rumbos tomó. Qué se hizo. Si murió o estaba enfermo.

Lo cierto es que agobiado por la mala situación y el poco dinero que dejaba en esos años tocar el acordeón: "aproveché una oportunidad que se presentó y me compré, en la Sierra de Perijá, arriba de Codazzi, una tierra, no una finca, en donde me puse a sembrar cafe".

Lorenzo no disfrutó del boom del folclor vallenato ligado a las casas disqueras y a los festivales de acordeón. Su destierro de casi veinte años sorprendió a los parranderos y sirvió de fuente de inspiración al renombrado Leandro Díaz quien, en uno de sus más bellos paseos, registró su ausencia de esta manera:

"La última página
queda de su memoria
cuando cantaba muy
alegre en la región,
en El Errante sus palabras
se secaron
como pétalos de rosa
marchitados por el sol.
Si fuera un mejicano
el que acaba de morir
corridos y rancheras
todo el mundo cantaría
pero murió Morales
ninguno lo oyó decir
murió poéticamente
dentro de la Serranía".


(Del paseo `La muerte de Moralíto')

El Maestro Lorenzo Morales está próximo a cumplir sus noventa años de trasiego por la vida, de los cuales ha dedicado más de 70 a enriquecer y alegrar la mente y el corazón de sus paisanos con las notas de su generoso acordeón aunque, paradójicamente, él viva en la pobreza absoluta ignorado por el Estado, las casas disqueras y los directivos del Festival Vallenato, que le deben un merecidísimo homenaje por su paso estelar por el firmamento vallenato.
En su otoño crepuscular, cuando ya se acerca su hora definitiva, vive contento, alegre, satisfecho y conforme, porque -como él mismo asegura: "A mí la plata me ha desprotegido siempre".

 
 
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